¿Qué hay detrás del conflicto en la frontera ceutí?

Es difícil escribir estas líneas sin poner en el contexto histórico el abandono de España al pueblo saharaui, dando el beneplácito para que Marruecos ocupe esas tierras a sus anchas y que dictamine anexar el Sahara occidental, allá por 1976. Personas con cultura y economía propia e histórica se vieron forzadas a abandonar todo para ser realojadas en campamentos, a la espera de un referéndum de autodeterminación que, aún hoy y pese al reclamo internacional, no se ha realizado. Más de cuatro décadas han pasado y el pueblo saharaui ha perdido toda la esperanza en que la ONU obligue a Marruecos a respetar su  derecho a ser ciudadanía libre e independiente. Y no sólo eso sino que, entre tanto conflicto, se ha consolidado el estereotipo de que el Sahara es un territorio rebelde e incapaz de autogobernarse, siendo esto una excusa para legitimar su expolio.  

Por su parte, España, a mayo de 2021, no es la excepción y sigue haciendo lo mejor que sabe: mirar a otro lado sobre esta realidad, pues le beneficia económica y diplomáticamente. Entonces, y alineada también con los sacrosantos privilegios del tratado europeo, de forma irregular, ejerce devoluciones en caliente a las personas a las que el entramado y el totalitarismo burocrático no reconoce. Y no solo esto, además permite -por «omisión»- que representantes de partidos a los cuales duele aplicarles el adjetivo «políticos», a través de redes sociales, mítines y medios de comunicación, vomiten odio hacia personas que ponen en riesgo sus vidas para buscar un futuro que les está siendo negado y que es consecuencia de la ferocidad con la que se hace expropiación de los recursos naturales de sus tierras o de la desigualdad derivada de un colonialismo permanente. De la misma manera, también se permite el ataque sistemático y gratuito hacia quienes no se lo han pensado dos veces y están allí, en el mar o en tierra fronteriza para echar una mano con suministros o simplemente, dar un abrazo y la contención humana que tanto se necesita. 

El gran negocio: la doble moral

En este contexto, España sólo se acuerda de las personas migrantes para cuando requiere mano de obra barata, rozando lo paupérrimo, capaces de trabajar en condiciones prácticamente de esclavitud y hacinamiento, poniendo en riesgo su dignidad. ¿Cómo lo gestiona? Enmascarado bajo la forma de acuerdos de trabajo como temporeros del sector agrícola- ganadero. También lo hace con el resto de la UE, pactando el permiso de pesca extensivo en aguas del Sahara occidental “custodiadas” por Marruecos. Pero lo terrible, es el secreto del éxito de la doble moral europea: bajo pacto en dación económica, unta a Marruecos para “regular” el flujo de personas desde África hacia Europa, para que actúe  como “pater”, y controle cuándo y cuántas personas pueden cruzar las fronteras. Después de tantos años, es evidente que la «ola migratoria» es un comercio y sino, que se lo pregunten a Erdogan, por ejemplo.

Deberíamos reflexionar y ser muy críticos con lo que está pasando. Tenemos responsabilidad en todo esto. El mito de que en «Europa se vive bien» llevó esta semana a que casi 8.000 personas lo dejen todo y se dispongan a nadar hasta la arena de Tarajal, para terminar durmiendo en las calles de Ceuta. (Para que nos demos una idea, casi la misma población de Binissalem). Un mito que se sostiene en cuanto la población europea ve a «los otros» como seres muy diferentes «a nosotros». A fin de cuentas, Europa tiene derechos, “los otros” no. Este «se vive bien», sólo es posible por acuerdos millonarios neocoloniales que permiten que grandes multinacionales exploten las materias primas que suministra el continente africano. Así que allí se degradan los ecosistemas, disminuyendo la calidad de vida y la oferta laboral en lo que una y otra vez se empecinan en llamar «países subdesarrollados» cuando deberíamos decir «países a los que Europa y EEUU impiden decidir sobre su sistema político-económico».

¿Acaso los Objetivos de desarrollo sostenible, a los que España se ha suscrito, no buscan alcanzar para la población mundial el hambre cero, la salud y el bienestar, el trabajo decente, la reducción de las desigualdades, entre otros?

Basta ya de este sistema perverso, de instrumentalizar la vida, de relatos dantescos, de municipios que son vistos como los «disidentes» porque se ofrecen a acoger a quienes vienen para dar lo mejor de sí mismos para construir el futuro digno que la corrupción, el belicismo y la falta de compromiso con el medio ambiente en sus países de origen les ha negado. Y por cierto que nadie dude de que detrás de todo hay personas con una dignidad tal que les permite dejarlo todo, porque nada tienen o más bien, nada les hemos dejado tener.

Bibliografía